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La Coctelera

COMO NIÑOS

Cualquier sensación o sentimiento, se define con palabras. Sabemos lo que podemos explicar

28 Mayo 2012

MEDIALENGUA

Comprendo que puede parecer un poco atosigante tanto darle a la matraca con temas relativos al lenguaje, al lenguaje hablado naturalmente, pero es que resulta ser un instrumento de primer orden en el devenir de la comunicación humana y por eso, por más que insistamos en aspectos de sus posibilidades y de sus características evolutivas, siempre tengo la sensación de que pasamos por alto algunos en los que deberíamos detenernos y desentrañar mejor sus contenidos y sus ámbitos.

Alrededor del año los pequeños empiezan a pronunciar las primeras palabras y desde ese momento hasta unos años después, más o menos a los cinco años en que ya se pueden considerar habladores casi perfectos, aparecen en su pronunciación unas ciertas disfunciones en las que para decir una cosa dicen otra por falta de experiencia o de pericia en la pronunciación tipo aba por agua, toche por coche, abelo por abuelo, rabas por bragas, caniches por calcetines y unos cuantos de miles más que podríamos poner pero que espero que cada uno que lea pueda definir.

Solemos definir esta época como la de la media lengua y suele hacernos mucha gracia escuchar a nuestros pequeños equivocarse y decir lo que quieren decir, pero mal dicho. Nuestra reacción suele ser múltiple. Desde los que no consentimos un solo error y al momento los estamos corrigiendo, lo que produce una cierta indefensión por parte de los pequeños que no han errado porque quieran hacerlo sino por limitaciones de sus posibilidades en ese momento, hasta los que nos partimos de risa escuchando esas deformaciones que los pequeños articulan y que nosotros podemos seguirles el juego asumiendo sus anomalías y haciéndolas nuestras por seguir la gracia.

En el caso de la intransigencia las consecuencias pueden ser que los pequeños terminen creyendo que no son capaces de hacer nada bien y que tienen que estar siempre pendientes de nosotros, que somos los que lo sabemos todo para convertirse en nuestros imitadores que así no se equivocan, o sencillamente callarse para evitar que los estemos corrigiendo a cada momento. En el segundo caso en el que nos hacen tanta gracia que terminamos todos hablando con la media lengua la lección puede ser que los pequeños se conviertan en un poco bufones que saben que nos partimos de risa con sus cosas y entonces no vale mucho la pena esforzarse en pronunciar como hay que hacerlo sino que hay que reírse de todo porque nada tiene valor si no nos sirve para partirnos de risa. Ambas posturas son bastante comunes y convendría desterrarlas porque para los pequeños, no sólo no les sirven para progresar sino que les sirven para evitar el progreso por distintas razones como hemos visto.

Lo que deberíamos hacer quizás es asumir que los pequeños están en una etapa en que no son todavía capaces de decir muchas cosas correctamente y que debemos ser nosotros los que, aparte de que nos pueda hacer gracia alguna de sus expresiones de media lengua, debemos servir como modelos que ellos con el paso del tiempo imiten y terminen por encontrar las correctas pronunciaciones en cada caso. Más que andar corrigiéndoles, nuestra correcta pronunciación es el mejor modelo repetido cada día. Ellos son perfectamente capaces de escuchar nuestra dicción diferente a la suya y de asumir que han de ir modificando sus errores y poco a poco ponerse al día en las pronunciaciones correctas de cada palabra. En general, en dos o tres años este tema se debe haber resuelto y no suele aparecer más. Los enfoques erróneos, insignificantes o graciosos en origen, pueden acarrear anomalías de fondo, de solución difícil y larga que complica la vida en momentos en que ya deberíamos haber superado esas dificultades.

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21 Mayo 2012

BILINGÜE

 

Un idioma es un conjunto de palabras con que un grupo humano se comunica. Pero un idioma es también mucho más que eso: son montones de gestos conocidos, son sonidos sin nombre que se dicen las personas y saben lo que se transmiten, son miradas cómplices, son silencios. Un idioma es una cultura, toda una historia común que se transmite de padres a hijos y que va creando un espacio de comunicación entre las personas.

Cada día, afortunadamente, las personas estamos más mezcladas lo que, entre otra serie de cualidades del hecho mismo de la mezcla, nos vemos obligados a poner en común desde las cosas más superficiales como puede ser un calendario de fiestas por ejemplo, hasta las cosas más profundas, como puede ser las expresiones del placer o del dolor, el nacimiento o la muerte expresado cada uno con sus palabras.

Las situaciones de bilingüismo, cada vez más frecuentes como digo y como vemos todos en los espacios en los que vivimos, nos obligan a tener algunas particularidades con los pequeños. En las familias donde existe bilingüismo, por ejemplo, los niños aprenden a hablar, en general, más tarde. Y nadie debe extrañarse por eso, sencillamente porque sus cerebros tienen que aprender a codificar y descodificar de manera habitual dos lengua lo que, aparte de ser una importante riqueza no deja der tener alguna complejidad que necesita tiempo para ser procesada por el cerebro. Pero eso es todo. La situación de bilingüismo no debe tener más problema que ese, que no es ninguno.

Siempre recuerdo a Dolores, inglesa de la que nunca supe su nombre materno porque ella pugnaba por ser incluida en nuestra lengua a cualquier precio. En un momento me dijo que su hija Keity, que era mi alumna, se reía de ella y le decía que no sabía hablar. Me confesó que le hablaba en castellano, cuyo dominio, con ser aceptable, de ninguna manera se podía comparar al de su hija que lo vivía con su grupo natural de niños y, por tanto, mucho mejor que el de su madre. Quiero pensar que desde esa conversación le hablara a su hija en su lengua materna, el inglés en este caso. Al menos, eso me reconocía mucho más relajada.

Kéntaro era una delicia en el patio gritándonos ¡un jikoki, un jikoky ¡ cada vez que pasaba un avión por encima de nuestras cabezas. Los demás niños aprendían perfectamente que un avión, que era lo que ellos veían, también podía ser un jikoky porque lo era para Kéntaro. Con el tiempo terminó siendo un avión también para él porque terminó dándose cuenta de que estaba en el país de los aviones y él no quería ser distinto aunque el aparato que vuela también pueda ser un jikoky, pero eso había que dejarlo para cuando hablara con Machiko, su madre o para cuando estuviera con los abuelos de Kioto.

Son ejemplos completamente cotidianos y que evolucionan con absoluta normalidad si los criterios de las personas responsables están claros. A los hijos hay que hablarles en nuestro idioma, que terminará siendo el idioma materno y que, aparte de servirles para entenderé con nosotros y con el grupo humano que lo habla le habrá servido como vehículo de transmisión de una cultura y de una historia en la que se va a tener que desenvolver. Si en vez de un idioma son dos porque el padre hable uno y la madre otro, pues tendrán que ser dos los que vaya teniendo que ir interiorizando a la vez, pero sin más dificultad que la de utilizar un poco más de tiempo para entenderlos y para aclararse cuándo es uno y cuándo es otro.

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14 Mayo 2012

IMPACIENCIA

 

A poco que me descuide me veo contando chascarrillos de los muchos que uno almacena de su larga vida profesional. Primero porque han pasado aunque los recuerdos sean incapaces de reproducirlos tal como sucedieron, pero también porque cada día veo más claro que es de esas secuencias vivas de las que, quien lo desee, puede aprender mejor el trasfondo de enseñanza que la experiencia puede ofrecer aunque no siempre lo haga.

Pero no quiero dejarme llegar con facilidad de mis inclinaciones. Irán saliendo poco a poco, yo lo sé y prefiero dar un recorrido un poco más amplio a esta propuesta de COMO NIÑOS. Quiero dejar constancia aquí de lo que más me interesa y también de lo que menos, de manera que si alguien me sigue, ojalá que alguien lo haga, me gustaría que fueran muchos, pueda tener un abanico amplio de reflexiones que se han desarrollado en una labor docente de treinta años más o menos con pequeños en los primeros seis de la vida. Y por eso me quiero poner alguna disciplina para no dispersarme demasiado. Sé que este bulli bulli que me corre por dentro por llevar a quien me lea a lo que más gusto me da contar no es más que una inclinación común que más de una vez termina oscureciendo espacios más amplios de comunicación. De ahí mi esfuerzo permanente por contener, en lo posible, mi impaciencia.

Quiero, por el contrario, entretenerme todo lo que pueda con los temas de primera infancia, incluso a riesgo de que alguien me pueda considerar un poco pesado. Pero es que el asunto del desarrollo de los primeros años es de fundamental importancia y es posible quitarlo de en medio con poco más que decir que en los primeros años se producen experiencias que nos dejan marcas para toda nuestra vida. Y con esto, que no es mentira, podemos quedarnos tan frescos y eso me parece injusto. Pero se necesita tener el temple necesarios para ir deteniéndose en cada uno de los momentos trascendentes, desentrañarlos, ponerlos en valor y procurar ofrecer todo el abanico de contenidos que uno sea capaz de poner de manifiesto y que la impaciencia no se termine imponiendo y haciéndonos acortar un mensaje que es tan amplio como la vida.

Los pequeños no hablan con el mismo lenguaje que los adultos, es cierto. Pero utilizan una gran diversidad de lenguajes de los que las personas disponemos en todo momento, pero que los adultos nos vamos olvidando a lo largo del tiempo, sencillamente por la hegemonía de la palabra y por el desuso del resto o, más que por el desuso, por la falta de valoración del resto. Un gesto, por ejemplo, tiene una gran fuerza con un año de vida y es casi seguro que nadie se fija en él cuando tenemos cincuenta. Las mismas palabras que al principio son con frecuencia sólo sonidos, pues son capaces de llevarnos a verdaderos diálogos mientras que ya de mayores no percibimos signos de comunicación que no vayan presentados con las palabras convenidas. Tanta influencia sintética no hace sino empobrecernos como personas y empobrecer nuestras capacidades.

Recuerdo aquel refrán del VÍSTEME DESPACIO QUE TENGO PRISA. Creo que siempre es muy cierto, pero en educación desde luego lo es. La impaciencia nos hace pensar que necesitamos respuestas para todo y en todo momento cuando la verdad es que lo que de verdad necesitamos es poder desarrollarnos en el tiempo desplegando todas las capacidades que seamos capaces porque así nuestros aprendizajes los interiorizaremos más ricos y complejos como nuestras enseñanzas. NO POR MUCHO MADRUGAR AMANECE MÁS TEMPRANO tampoco está mal como propuesta útil para encarar la vida. Ahí las dejo ambas, por si sirven.

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7 Mayo 2012

SOLUCIONES

 

Quiero pensar que ahora que no tengo el grupo de niños correspondiente entre manos cada día, la tareas de evocar sobre lo vivido y de mirar cada secuencia sin la premura del momento, hace que pueda extraer lecciones. Es posible que fantasee con los recuerdos. Puede ser inevitable y a lo mejor es hasta conveniente, pero igual la sabiduría tiene un punto de ensueño.

Alba y Fernando están jugando en el patio de la Escuela.

– Tú eres el padre y yo la madre, ¿vale?.

Cristian, que es más fuerte o más agresivo que los dos se mete en medio porque quiere jugar con ellos.

–No, el padre soy yo.

Alba y Fernando ser miran y se dan cuenta de que no van a poder librarse de Cristian que es su amigo pero con el que en este momento no quieren jugar porque quieren estar ellos solos.

- Vale, -dice Alba a Cristian. -Tú eres el padre y Fernando es el

perro .

Fernando se pone a cuatro patas y Alba se va con el perro a darse un paseo, bien lejos de Cristian que ve que se queda sin poder jugar con ellos pero a la vez no puede entablar conflicto porque han aceptado sus condiciones. Se queda sólo mientras ve a Fernando y a Alba que, una vez que se han retirado suficiente, se dedican a jugar entre ellos, que era lo que querían.

Esta secuencia tiene unos treinta y cinco años de vida pero yo nunca la he podido olvidar porque me parece completamente aleccionadora de lo que es la vida y el juego de fuerzas al que estamos sometidos. Yo no sé lo que invento de la historia. Sí sé que siempre la he recordado así y esta es mi moraleja, que quiero compartir con vosotros.

Cuando las circunstancias de la vida lo permiten cada uno de nosotros tiene capacidad para lograr un punto de satisfacción suficiente como para sentirse agradecido a la vida y a la vez un grado de frustración para seguir intentando que las cosas sucedan un poco mejor para sus intereses, con lo que la necesidad de progresar o de construir una realidad más favorable siempre está presente. Cristian consigue ser el padre pero no consigue su voluntad de jugar con Fernando y con Alba. Fernando consigue jugar con Alba, que es lo que quiere, pero no consigue ser el padre, que también lo quiere. Alba juega con Fernando, pero como perro y no como padre, que es lo que ella buscaba. De manera que entre los tres constituyen una realidad pasable, en la que pueden sentirse gratificados, pero a la vez con un grado de insatisfacción que les impulsa modificarla para lograr mayores cotas de satisfacción.

Esta secuencia, desarrollada completamente por los tres protagonistas también me ha llevado siempre a establecer otra lección de la vida. -¿Qué pasaría si dejáramos a los niños que vivieran como quisieran?, se ha dicho tantas veces casi como paradigma del desmadre y del desorden. Mi respuesta después de haber sido tantas veces observador de secuencias como la que he expuesto hoy, ha sido y sigue siendo: - Pues es posible que lo que pasara fuera que nos pudiéramos entender y que fuéramos capaces de articular una vida en la que cupiéramos todos en una parte y en otra todos tuviéramos la necesidad de seguir perfeccionando nuestro nivel de realización personal porque cada vivencia nos deja un cierto poso de insatisfacción que nos impulsa a seguir queriendo de la vida más y mejor.

No sé si sueño cuando recuerdo pero me gusta pensar lo que pienso y las vivencias que motivaron mi criterio me las llevaré a la tumba como gozosas y aleccionadoras.

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30 Abril 2012

MÁS ESFÍNTERES

 

El título se justifica, no porque hayamos descubiertos ningún órgano nuevos por el cual desde nuestro cuerpo hasta el mundo exterior se produzca ningún trasvase orgánico no conocido hasta el momento. No. Sencillamente el contenido del control de los esfínteres universalmente conocidos me parece de trascendencia suficiente como para insistir en el tema a fin de lograr que ese paso de dominar la musculatura y abrir o cerrar a voluntad las compuertas que comunican nuestro interior con el mundo exterior se produzca en su momento, de manera gratificante y eludiendo complicaciones de larguísimo alcance.

Una y otra vez podemos ver que cuando las cosas de la vida suceden con normalidad, sin atranques significativos, nuestra vida parece insulsa, como si le faltara chispa y hay veces en que no lo soportamos y provocamos determinados tropiezos, sólo porque nos pase algo de verdad. Es como si el simple hecho de vivir no fuera suficiente. No sé si será cierto, ni tengo forma de saberlo, pero siempre he vivido convencido de que mi hija Alba se rompió el brazo con nueve años, sencillamente porque necesitaba alguna secuencia de impacto en su vida. lo he hablado con ella muchas veces y no está de acuerdo, pero yo no puedo evitar la duda. Ahora podría fantasear sobre las causas y las consecuencias de aquel suceso, porque sé que la memoria desfigura los recuerdos. Tampoco quiero abundar demasiado en el tema. Sólo dejo la duda como algo que, después de muchos años, todavía no he resuelto.

Lo mismo pienso de Eduardo, un alumno brillante que en este momento debe ser cuarentón. Cuando llegó el momento de hacer el viaje de estudios por Gran Bretaña la madre viene a comentarme que Eduardo se meaba en la cama. Tenía por entonces catorce años. Estaba emocionado con la idea del viaje y le torturaba su secreto, ese que al parecer formaba parte sólo de su ámbito personal y el de su madre. Tengo que confesar que para mí era completamente nuevo en aquel entonces. Decidí afrontarlo como tantas otras cosas en mi vida, sencillamente de cara. Hablé con toda claridad con Eduardo. Él quería venir al viaje y acordamos que el secreto dejara de ser secreto, en principio entre nosotros. Él llevaría sus pañales discretamente disimulados, ocuparía la habitación con alguien de su absoluta confianza, lo que le obligaría a que el secreto tuviera que abrirse otro poco y tendríamos que asumir el riesgo de las complicaciones que pudieran surgir.

El viaje duró diez días y el compañero de Eduardo no llegó a enterarse de su problema porque cada día, antes de iniciarse la jornada de visitas, una vez que habíamos desayunado Eduardo y yo intercambiábamos una sonrisa en la que él no cabía der satisfacción al comprobar, por primera vez en si vida, que era capaz de dominar sus esfínteres como los demás. Nunca tuve ni tengo hoy conocimiento suficiente como para saber en profundidad el problema que llevó a Eduardo a alcanzar los catorce años con esa losa encima. Lo que sí puedo es saber hasta dónde es capaz de llegar la voluntad de las personas. Cuando volvimos del viaje, Eduardo era una persona distinta a la que se fue. Seguramente había sido su madre la que mostró más preocupación cuando se enfrentaba a la posibilidad de que los demás niños supieran la limitación de su hijo. En él pudo más la necesidad de sentirse uno más en el grupo, exactamente lo mismo que lo hacía con sus brillantes notas.

Y la duda también me sigue acompañando todavía: ¿Su madre quería verdaderamente que su hijo dejara de mearse en la cama, o prefería mantener ese secreto entre los dos como un territorio vetado para todos los demás?.

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23 Abril 2012

ESFÍNTERES

 

El proceso de vivir está formado por una serie de acontecimientos significativos que vienen a ser como escalones que las personas subimos o bajamos y que, una vez incorporados a nuestra experiencia, ya nada es lo mismo. El primero sin duda es el mismo hecho de nacer. Le pueden seguir la primera palabra, mantenerse erguido o el ser capaz de controlar nuestros esfínteres.

Dada la materia de la que tratamos no es fácil asumir el momento de la limpieza como un punto de relación de primer orden. No podemos, si queremos ser justos, ver solo la necesidad de eliminar las distintas evacuaciones corporales y tomar esta secuencia de la vida como un acto higiénico indispensable que los adultos responsables asumen con entereza y dedicación con el sólo propósito de dotar al menor de condiciones de limpieza adecuadas y libres de materias y olores que han de ser eliminados de cuerpo. Todo eso es verdad, pero el momento de la higiene es mucho más que eso y si no somos capaces de verlo estaremos cometiendo un error importante que tendrá consecuencias a largo plazo.

El momento de la limpieza es de una profundidad comunicativa de primer orden y de una intimidad casi irreemplazable, probablemente a la altura de la lactancia materna y casi ninguno más. Hay que mirar, por tanto la secuencia con la altura que merece. Si somos capaces de responder a toda esta amplitud es seguro que estableceremos con los pequeños una relación intensa, gratificante y profundamente confiada que facilitará que los pequeños se sientan seguros y reconciliados con su cuerpo del que gozarán por sí mismos y también por las caricias y atenciones que en los momentos frágiles les puedan llegar de sus adultos de referencia. Entendiendo también que de no ser así y de convertir los aspectos higiénicos en momentos hostiles, distantes y hasta desagradables, cosa que pasa fácilmente, podemos estar induciendo en los niños criterios de aversión y desapego hacia sus cuerpos que quedarán inscritos en sus costumbres para muy largos plazos.

Hacia los dos años, más o menos, si todo ha ido normal, es el momento en que los pequeños se encuentren capacitados para disponer de sus esfínteres a su criterio y ser capaces, por tanto, de dominar los momentos en los que sus deposiciones deban o no salir de su cuerpo. Este es el fondo del asunto. Lo que debe salir de mi cuerpo yo puedo facilitarlo o retenerlo según mi estado de ánimo y según la relación que yo tenga con la persona adulta que está más cerca de mi. Si todo ha ido bien, lo mejor que puede pasar es que se produzcan una serie de intentos o pruebas en unos momentos un poco regulados y, de buenos modos, poco a poco el menor vaya encontrando el camino de su autonomía personal de la misma manera gozosa y valorándolo como una forma de crecimiento, que en su momento fue capaz del destete o lo será en el futuro con otras adquisiciones fundamentales que se han de ir produciendo.

Pero con la misma facilidad con que pueden producirse los avances si todo va fluyendo con normalidad, de no ser así y de encontrarnos con desacoples por causas de la precipitación de los adultos o por que los niños no se encuentren suficientemente serenos para coronar el proceso de autonomía con la seguridad requerida, las cosas pueden llegar a complicarse casi hasta el infinito. Nos podemos encontrar niños que tardan años en controlar sus esfínteres. Pueden llegar a problemas orgánicos incluso que lo justifiquen. Y lo que me parece fundamental. Un proceso mal resuelto puede producir una brecha de desentendimiento muy difícil de cerrar con sus adultos más cercanos.

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16 Abril 2012

BALBUCEO

 

En realidad lo que estamos intentando dejar claro en estas últimas semanas: lectura, escritura, ahora balbuceo… es que los pequeños no llegan indefensos a este mundo sino que traen una serie de capacidades que le pueden permitir acceder a todo lo que necesitan para sobrevivir y para desenvolverse en el mundo que les toca vivir. Es verdad, y por eso nos parece que merece la pena insistir en ello, que dependiendo de la colaboración que encuentren en el contexto y en las personas cercanas, las dificultades para la adquisición de nuevos aprendizajes serán mayores o peores.

Salvo los primerísimos momentos de la vida, centrados casi exclusivamente en los sonidos de llanto o de llantos como único vehículo de expresión y comunicación, a los muy pocos meses ya podemos encontrar expresiones de sonidos variados según los momentos y las situaciones. El lo que venimos en llamar balbuceo. Pues aquí es donde se encuentra albergada toda la potencia que va a ir desembocando en el lenguaje hablado a lo largo de los dos o tres primeros años de la vida. Se trata de una potencia y de una capacidad que no necesita de nadie para mostrarse, que las personas traemos cuando nacemos. Muchas veces nuestra prisa por empezar a enseñarle a los pequeños cuanto antes las palabras que nosotros consideramos fundamentales nos impide percatarnos de lo que ellos guardan como un tesoro dentro de sus potencias y si tuviéramos un poco de paciencia y nos dedicáramos a observarlos, a acompañarlos y a seguir sus inclinaciones, seguro que nos daríamos cuenta de que son perfectamente capaces de alcanzar los objetivos que necesitan para convertirse en seres de este mundo, con un papel que desempeñar dentro de él como puede ser el nuestro.

Las capacidades fonadoras, el tiempo para ejercitarlas con tranquilidad y la curiosidad natural se encargarían de ir alcanzando la destreza precisa para lograr todas las articulaciones necesarias para entender la lengua materna, sea la que sea y al mismo tiempo poder articular por sí mismos los distintos fonemas que la hacen comprensible. Y todo eso es posible alcanzarlo como lo que es, como un juego, por gusto, por deseo de ser un miembro del grupo humano en el que se desarrolla y porque necesita ser uno más de su comunidad como animal gregario que es. Decir esto puede resultar una simplicidad pero de la mejor o peor solución de estas grandes adquisiciones de la vida depende de manera determinante el que su desarrollo posterior sea gozoso, creativo, querido o que se convierta en un conjunto de vivencia hostiles, extrañas y hasta odiosas.

Aunque el lenguaje resulta ser un elemento fundamental para conocer y transmitir todo tipo de adquisiciones y experiencia, yo quiero dejar sentado que la pieza que me parece esencial en este cometido es el lenguaje hablado, las palabras, vamos. Y quiero recalcarlo porque después, en el desarrollo de la formación, las perversiones nos hacen vivir una serie de procesos en los que parece que se niega el lenguaje hablado, lo cual me parece un gravísimos error de incalculables consecuencias. No hay más que pensar un poco en toda la labor docente y confirmar que el alumnado ha de pasarla, si no quiere tener problemas, completamente callado y escuchando como si cada uno en particular no fuera capaz de desarrollar a base de ejercicio su propio lenguaje ni de transmitir lo que siente, lo que quiere o lo que piensa y ponerlo en común hasta alcanzar el entendimiento, con los demás compañeros.

Esta especie de miedo al lenguaje hablado generalizado hace que el proceso educativo se convierta en algo pobre, pacato y falto de incrustación en el desarrollo de las capacidades naturales de los seres que están creciendo para convertirse en una especie de postizo que tenemos que asumir como algo ajeno y extraño a nosotros.

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9 Abril 2012

ESCRIBIR

 

En algún momento tenemos que descender a los aspectos concretos de la educación y no quedarnos sólo en las cuestiones de principio que, por otra parte son esenciales. El texto anterior hablaba de la lectura y de cómo los niños verdaderamente están leyendo desde mucho antes de que nosotros nos apliquemos a que dominen esa técnica. Algo parecido podemos estar planteando hoy con el tema de la escritura. En realidad no hacen falta grandes medios para hacer que un niño escriba. Casi desde el principio, apenas con algo más de un año si le ofrecemos a un niño un papel y un lápiz, ya dispone de lo imprescindible para escribir que, como sabemos consiste en ser capaz de expresar sus sentimientos y de comunicarse con los demás.

Hemos simplificado los conceptos, tanto el de leer como el del escribir y eso nos ha llevado a un error de concepto del que la mayoría participa. En su momento dijimos que leer es una cosa y leer letras es otra. Confundir esto significa perderse por completo. Lo mismo podríamos decir de escribir. Desde que somos capaces de plasmar algo en papel, bien con la mano, con cualquier otra parte del cuerpo o con un lápiz o cosa parecida estamos plasmando parte de nosotros y lo hacemos para que alguien pueda entenderlo. Esto es en esencia la escritura. A partir de ahí es cierto que tenemos una forma de expresión muy simplificada y sincrética. Pero eso es ya una cuestión menor. No hay más que ejercitar esa capacidad y los mensajes se van a transmitir de manera cada vez más compleja y más depurada. Nos recordarán cómo llegó la escritura a la civilización. ¿Quién no recuerda la piedra de Rossetta, conocida como el primer diccionario que se conoce ¿.

Los progresos en el trazo que se van produciendo por el ejercicio continuado van significando nuevas adquisiciones, tanto desde el punto de vista técnico como del contenido de los mensajes que pretendemos expresar y transmitir. En los conocimientos no avanzamos a saltos ni por inspiración de nada ni de nadie sino por puro ejercicio repetitivo, que es el que paso a paso nos va complicando las posibilidades y haciendo que nuestra capacidad se ensanche y se ahonde. Desde que somos capaces de expresar un trazo también somos capaces de contar el significado de ese trazo que en un principio va a sintetizar muchos mensajes posibles puesto que nuestros recursos son muy limitados. Pero a medida que vayamos desarrollando la técnica a base de repetición, los mensajes se van discriminando unos de otros en función del nivel de destreza que vayamos adquiriendo con el tiempo y con el ejercicio.

La adquisición de la noción de letra cuando se ha venido desarrollando un conjunto de destrezas gráficas casi desde el nacimiento, ciertamente se puede considerar un problema menor y de una importancia bastante limitada. Una vez que hemos ejercitado los fundamentos básicos de la escritura, expresar y comunicar, la técnica concreta en la que debamos, podamos o queramos realizarlo no deja de ser accesoria. Lo que pasa es que, bien por comodidad metodológica o por pura pereza mental, casi siempre se nos termina imponiendo a los educadores una metodología concreta y determinada, normalmente por editoriales que fundamentan su negocio en ella, y nos hacen que terminemos siendo simples seguidores de una manera, de las muchas posibles, para acceder a etapas más complejas del desarrollo. Igual vale la pena quitarnos el miedo de encima, dejar al margen bastantes convencionalismos sociales y plantearnos los fundamentos de la misión educativa que debemos ejercer y, entre nosotros y los pequeños crear un camino particular que nos lleve a los distintos conocimientos, en este caso al dominio de la escritura, sencillamente desarrollando las capacidades naturales de los niños, enfocadas a ese dominio concreto.

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He sido maestro de menores de 6 años toda mi vida laboral. Aparte de mi trabajo he colaborado en revistas y periódicos con temas de Educación y con reflexiones sobre la actualidad. También he ido acumulando palabras, unas veces en forma de poemas, otras de pequeños ensayos, cuentos, novelas... que han dormido en folios o en el disco duro. En este momento que mi forma tradicional de ganarme el pan se va terminando y va llegando la jubilación es también el tiempo de retomar viejas deudas y pagar a la vida todo lo que creo que tengo pendiente. PUBLICACIONES.- - SURCO GRUESO EN EL MURO - Poesía - Librería Escuela Popular - 958296172 - EDUCACIÓN INFANTIL - Teoría y Práctica - MI AMIGO EL MIEDO - Infantil - UN RAPTO EN EUROPA - Novela - CENIZAS - Novela

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